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29.4.12

El enredo "realista" de la filosofía no-humana.




Lo que parecía una fuente de líneas indómitas del pensamiento, la puesta entre paréntesis de la representación y la subsiguiente crítica a la Conciencia como unidad determinante en la concepción de los territorios existenciales, ha degenerado en una nueva escuela que asume sin ninguna especie de cuestionamiento autocrítico serio una realidad “objetiva” absolutamente cognoscible por una Ciencia Idealizada, como único camino para resguardarse y huir de los embates de la aniquilación disparada y la fluencia incesante de lo sensible.

Después de un legado hermenéutico/post-kantiano enfrascado en la tradición, el lenguaje, los antepasados y las costumbres, de la efervescencia del análisis lógico del lenguaje y de la banalidad “post-moderna” que han vuelto el anuncio del “fin de la filosofía” un lema cansino y desgastado, proclamado tan reiteradamente que ya hemos empezado a dudar (menos mal) de su potencia y novedad, haciendo de ella una consigna tan dogmática como aquellas de las que se defendía, la alusión a los “actores” no-humanos (terminología acuñada por Bruno Latour) y a sus interacciones con la subjetividad, así como la apertura que estos implicaban a nuevos espacios virtuales y problemáticos para el pensamiento, parecía dibujar una línea de fuga para la filosofía a la que se le intentaba arrastrar hasta el precipicio. Todo ello en el contexto del pensamiento del último siglo, que estuvo caracterizado por una crítica general a la tradición bifurcada en una pluralidad nunca antes vista de teorizaciones a las que se apresuró en reunir en dos grupos contrastados: los tan llamados “analíticos”, que abogaban por un giro epistemológico-científico como única vía factible del conocimiento, y los “continentales", grupo difuso de “pseudo-teóricos” (o al decir despectivo de algunos: “folk-philosophers”), más enfocados hacia estudios literarios, culturales, sociales, etc (como siempre, esta generalización apresurada que implicó amontonar a las filosofías en dos sacos diferentes se encargó de borrar la gran variedad de matices que pudiera suponer la violencia generada en el espasmo filosófico de finales de la Modernidad).

Sin embargo, esta caricaturización de la filosofía no durará mucho y está ya lista para romperse. El principio (segundo) de ruptura se encuentra ab initio, en una serie de pensadores que nunca aceptaron unirse a una escuela de pensamiento y que decidieron, mediante conjugaciones polémicas y arriesgadas, componer y expresarse mediante sus propios conceptos. Supieron ver en la filosofía algo más que la Representación de la Verdad, la Búsqueda del Método o la Reflexividad Crítica; supieron salirse de los límites de la Razón, de lo Real, de lo Dado, del Ser y del Lenguaje para contagiarse de los devenires, seguir rastros, colarse en los intersticios, experimentar lo trágicamente sagrado, atreviéndose a pensar tanto en lo más bajo (como la mierda o la mugre debajo de las uñas) como en cuestiones abiertamente “metafísicas”, tales como el acontecimiento o el devenir propio de las intensidades nómadas que nos constituyen y nos circundan. No sólo hacemos alusión a los pensadores como Deleuze, Guattari, Foucault, Bataille o Bergson, cuyas llagas aún escuecen en nuestros días, sino a otros tantos que apenas estamos empezando a sentir.

Pero también es cierto que el Canon no espera para introducirse y para sistematizarlo todo, para erigir figuras de héroes y de traidores, para consolidar el Panteón de los Ídolos que acompañarán a las generaciones jóvenes y desprevenidas. Creado el Panteón, una nueva Escuela (y escolástica) puede comenzar sus lloriqueos y reclamos ante las otras, y lamentablemente esto vale para cualquier filosofía y cualquier filósofo (ninguna está a salvo, por desgracia). Lo que en un inicio puede parecer una rizomática, errancia y exploración liderada por el deseo, puede derivar en cualquier momento en una conformación bélica e interesada de expropiación de territorios, de instauración de Instancias Supremas, en la fundación de una nueva imagen dogmática de pensamiento.

Debates sobre el famoso “final de la filosofía” tomaban sus argumentos en la experiencia melancólica que suponía el comentario del comentario del comentario sobre un Dios-Filósofo en que parecía enfrascarse todo estudio filosófico, sedentarismo y repetición de lo mismo, así como un odio contra todo lo “posmoderno” sin que nadie pudiera saber los contornos de dicho término farragoso y sin que nadie propusiera una alternativa que no cayese en los antiguos fascismos e identitarismos, así como la política de “creación, sólo la necesaria” por no mencionar el pretendido paternalismo filosófico sobre las ciencias y las artes. No es de extrañar que se empezara a experimentar con aleaciones anómalas, con cruces compositivos antes que “legítimos”. Lo “no-humano” parecía una alternativa extraña, fascinante, que podría dar justicia a toda la pluralidad maquínica, pre, post y a-subjetiva, procesual, delirante, que ya no tendría que depender del comodín “humano” tan esquivo y difuso con el que se puede defender a la vez los moralismos costumbristas más ingenuos así como los individualismos más ciegos.

Lo no-humano (lo que permea pero atraviesa las subjetividades concretas, los flujos que rodean a las máquinas deseantes, material compositivo que conforma a la vez fuerzas imparables de abolición y de emergencia, pero también lo codificado, lo fijado, lo petrificado o cosificado) de alguna manera extraña derivó en llamarse “realidad” o “naturaleza” en tanto “aquello que existe independientemente del hombre”. De la “realidad” a las “cosas” hay un breve salto, que ya fue dado, y de las “cosas” a los “objetos”, otro más. Sin decir que unos y otros términos son sinónimos, sin decir que todas las filosofías que se han construido alrededor de ellos abordan la problemática de la misma manera, se habla ya de un nuevo “giro” en la filosofía, un giro realista y a la vez especulativo al que muchos pensadores no han dudado en unirse.

La novedad casi siempre produce entusiasmo, o al menos una cantidad desenfrenada de creación/expresión en los primeros momentos, cuando las teorías aún están difusas, cuando es posible experimentar con casi todo, cuando aún no se ha elegido una tutela que abrace bajo su ala los discursos emergentes. Sin embargo, la novedad del realismo especulativo está dejando paso a la consolidación de Imágenes bien delimitadas y conformadas, que no desean fuga alguna más que la sustentable (affordable). La libertad vuelve a ser mínima, el corsette del Sistema está listo para ser apretado de nuevo con hilos re-fabricados. La onto-teo-teleología de lo Universal ha renovado sus ropajes para presentarse como una alternativa fresca y cool ante el criticismo “pasado de moda” de la metafísica.

Y es que, sin quererlo, volvimos a las querellas correlacionistas, a la instauración de la Verdad, del Método, de la Razón y de lo Universal. En suma, volvimos a los delirios de la Representación que intenta justificar y legislar toda la experiencia mediante ardides como lo Real, lo Universal, lo Objetivo, lo Verdadero, lo Estático, lo Eterno, etc. No hago alusión únicamente a la OOO, que tomó el concepto de “objeto” como un genérico de cosa/sustancia y como portador de la unidad, eliminando toda la potencia de la materia y la indeterminabilidad que implica el devenir, regresándonos a una filosofía “plana” despojada a propósito de las intensidades que enturbian el supuesto conocimiento verdadero (cuando el “objeto” es siempre “producto” de un proceso y “útil” para una transformación, no una entidad finita y a-relacional). También están las nuevas Metafísicas neo-clásicas, que apuestan todo por el regreso de lo Fijo, de lo Universal y de lo Eterno; una instancia “real-teológica” que permitirá el retorno del Filósofo-Rey a la cúspide del pensamiento. Metafísicas como las de la rama más “especulativa” de dicho realismo (como la de Reza Negarestani en sus últimos escritos) que revisten a la contingencia despreciable como algo “anónimo, aberrante y sin-fondo” (esa mierda o mugre debajo de las uñas) que es necesario rascar y eliminar mediante la Razón y la Ciencia, siempre de manera sistemática y “holística” para llegar a la Idea que nos permitirá traer de vuelta los viejos problemas con todas sus “soluciones”. Neo-neoplatonismos y neo-hegelianismos aún más radicales esperan entrar por la puerta trasera de la Academia, esta vez portando la etiqueta de lo “alternativo” o “under” y bastante bien maquillados como para pasar desapercibidos después de una lectura superficial. La teorización sobre lo no-humano es un punto de partida sugerente, pero la potencialidad de su espectro filosófico no debe morir con el retorno de los viejos dualismos (sujeto-objeto, hombre-mundo, ser-apariencia, etc), ni con el destierro despectivo de la finitud (humana o no) del pensamiento. Finitud que ha advertido de los delirios de toda razón que se quiere hegemónica, de la inherente diversidad y multiplicidad de perspectivas que han dificultado la reconstrucción de una sola Imagen dogmática del pensamiento a lo largo de la historia.

Si se quiere hacer de la pregunta por lo no-humano la justificación de la omnipotencia del filósofo especulador como eje que es capaz de reunir el conocimiento, en tanto que la posibilidad del mismo ya está dado y legitimado por una Ciencia ficticiamente unificada y sistematizada, desterrando toda la historia “sucia” de las luchas de poder que han influido en la construcción de ese mismo conocimiento (por citar un ejemplo), si se pretende ahogar la potencia pluralista de una filosofía separada del nodo humanista para resucitar el viejo fantasma de lo Uno-Mismo trascendente de la finitud y que la subsume a su voluntad, entonces no obtendremos más que otra fallida teorización e intentona para detener de una vez por todas los flujos caóticamente diversificados a los que estamos sujetos y de los que formamos parte.

Una filosofía desantropologizada, o incluso una filosofía misantrópica, deberá evitar caer en este tipo de reduccionismos sofisticados para quedar libre ante las intensidades, las velocidades aberrantes, las maquinaciones y procesos diferenciantes que caracterizan la expansión y bifurcación caósmica propia de "nuestros tiempos".

27.9.11

Ray Brassier y el Realismo Ingenuo

 
Los hay quienes ubican todos los problemas del realismo en la relación palabra-cosa. Esto es, en el clásico callejón sin salida de la Representación. Pareciera que el único obstáculo que impide una exitosa instauración de una única teoría de la realidad es la eternamente molesta concretud, ese estar restringido a una delimitada posición en el mundo de la cual lo más deseable sería escapar.

El realismo especulativo es un movimiento filosófico contemporáneo, pero no hay en sus filas una “escuela” caracterizada por un pensamiento homogéneo o una comunidad de método. Lo que sí hay es un desbordado entusiasmo hacia las ciencias por algunos de sus defensores como Ray Brassier al que nos referiremos más específicamente.

Uno de los problemas fundamentales contra el que se topa este tipo de realismo es el del correlacionismo, que une mundo y hombre a través del conocimiento. A diferencia de lo que se defendía en la Ontología Antigua, las facultades no están de antemano dotadas de la capacidad para representar el mundo cual espejo, de acceder sin más a la verdad absoluta por el sólo ejercicio del escrutinio reflexivo o racional. Me parece, sin embargo, que la preocupación por el desmantelamiento del correlacionismo como eje central del realismo especulativo es excesiva en cuanto se le quitan las pretensiones cientificistas a la filosofía. ¿Cómo es que puede la sola consideración de la intervención del aparato cognoscitivo-perceptivo de la subjetividad plantear una dificultad casi insorteable a la hora de afirmar la existencia de una realidad independiente de la mente humana? Siguiendo la lógica de algunas filosofías, aceptar que nosotros somos la condición de posibilidad para la aparición de las cosas en tanto tales implica el cuestionamiento severo de que estas puedan darse sin nosotros. Sin embargo el correlacionismo como transcendentalidad subjetiva no desemboca en ningún momento, a través de alguna deducción necesaria, en la eliminación de aquello que consideramos como lo real. Para Brassier y muchos filósofos de su calaña, que intentan justificar a las ciencias ante cualquier cuestionamiento crítico, el correlacionismo supone una traba tan enorme porque sólo se vislumbra un lado de una relación doble: la trascendentalidad subjetiva que, efectivamente como supuesto, no es ella misma justificada, y no se le atribuye apenas importancia a la mundanidad trascendental que es condición misma para la constitución de cualquier tipo de subjetividad.

Un realismo puede ser perfectamente correlacionista o no tener problemas por adoptar alguna epistemología similar, pero no un realismo que aboga por el predominio de un solo modo de representación unilateral, como lo es el alimentado por los sueños de la Razón en tanto instancia plenamente objetiva, plenamente configurada por sí misma. Este tipo de pensamientos siguen definiéndose por viejos falso-problemas sin considerar los apuntes de las nuevas filosofías.

Filósofos como Brassier pretenden, con una metafísica de dudosa genética, sustentar la realidad exo-subjetiva en términos de la ciencia contemporánea. Honorable pretensión, sin duda, dado el fracaso que la ciencia siempre experimenta para fundamentarse a sí misma, aunque no creemos que este requisito filosófico le sea necesario. Lo curioso es que hablar de la ciencia en nuestros días se ha vuelto sumamente pertinente en tanto estamos imbuidos en sus vaivenes. Dado esto, lo más esperado sería aceptar sus procesos como máquinas precisas de conocimientos, la demostración de que el acercamiento progresivo con aquello fenoménico que siempre nos rebasa es posible. Sin embargo, muchas veces la filosofía, o más bien, la reflexión metateórica hecha por muchos estudiosos de la filosofía, tiende a precipitarse hacia los pretendidos logros de la actividad científica sin detenerse antes a contemplar la maquinaria misma que está entrando en juego. Es decir, el metateórico de las ciencias cree tener ante sí una ciencia unificada, regida por un sólo modelo de actividad purificada del mundo cotidiano y controladora absoluta de la experiencia. Sin embargo, hoy mas que nunca es imposible hablar de La Ciencia sin recurrir a la disparidad que se teje entre cada uno de los campos estudiados, entre cada disciplina y sus estrategias, entre cada concepción del mundo. Hoy más que nunca, el campo de lo científico se encuentra agrietado, con poca cantidad de consensos fuera de los que se dan en el seno mismo de las instituciones.

Destaquemos además que el modelo último de aquella ciencia a la que se alude muchas veces es el presumido por las neurociencias, sin tomarse en cuenta que, desde el núcleo mismo de los criterios cientificistas y su proyecto de unificación/normativización epistemológica, estas ni siquiera están construidas a partir de bases completamente inamovibles. Es más, no se necesita un examen demasiado exhaustivo para darse cuenta de que su conceptualización es más bien endeble.

Peor aún, este tipo de filósofos sigue obsesionado con diferenciar tajantemente los saberes con miras a enaltecer a uno sobre el otro. Tal es el caso de Brassier cuando, tutelado por Sellars, denuncia la proliferación de una llamada “metafísica folclórica” en la filosofía, en contraste con la “bien legitimada” reflexión teorética “metafísica” que caracterizaría a las ciencias.

Muchos discursos entran en disputa directa con lo que ha tenido a llamarse “Filosofía Continental” ubicados fijamente desde una sola trinchera: la trinchera de la razón y la claridad de la filosofía anglosajona cuya antorcha redentora es la Ciencia (o más bien, el espejismo de una ciencia). Nos resuenan viejas discusiones como aquella que sostuviera Carnap contra Heidegger (y no es que sienta una especial admiración ante este último), donde el diálogo deviene un monólogo más bien estéril que trata solamente de convertir al otro en su postura, descalificando a priori cualquier tipo de argumento que no case con la posición desde la que se parte. Brassier se comporta de una manera groseramente similar, interpretando (sí, interpretando) burdamente no sólo enunciados, sino filosofías enteras como las de Deleuze y Latour, calificándolas directamente como “posmodernas” sin someter a crítica previamente el uso despectivo de este mote. Ello hace que cualquier observación crítica decaiga y nos permita verla como sólo una lectura burda y superficial que acaba por convertir a Deleuze en un panpsiquista ingenuo y a Latour en un sociologista exacerbado.

El artículo de Ray Brassier Concepts and Objects es un campo ampliamente fecundo para quien busca entretenerse con los argumentos de un cientificismo metafísico que no acaba por olvidar sus fantasmas de la época de oro de principios de siglo XX, cuando las pretensiones por unificar el conocimiento desde, con y por la Ciencia parecían tener facticidad.

Para finalizar y no extender mucho el presente comentario, aún habiendo material para ello, tomar distancia y cautela respecto a la representación, actitud que ha caracterizado a la filosofía contemporánea, implica para Brassier un retroceso respecto a los avances de la ciencia, una cognofobia puesta de moda por una extrema e ingenua humanizacion de la filosofía. No sólo le basta homogeneizar y reducir toda la multiplicidad de críticas de este supuesto antropomorfismo idealista (posición bastante criticada también desde estas supuestas “pseudofilosofías” posmodernas), sino que además hace una exaltación del conocimiento y el pensamiento como si a estos hubiera que medirlos únicamente en términos de una Razón enquistada en el espejismo de la ciencia. Si poner en cuestión la máxima jerarquía de la racionalidad tecnocrática implica temerle al conocimiento, no es de extrañarnos que muchos miren hacia otros lados y se tome a algunos estudiosos de la filosofía como predicadores de una ciencia cada vez más cuestionada, o como siervos fieles que emplean sus esfuerzos en rellenar los vacíos explicativos que la ciencia va produciendo en sus procederes.