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8.2.12

Irreverencias filosóficas I: Espiritismo y espectralismo.


Cuando Heidegger dice que la filosofía se ha olvidado del ser y que es preciso preguntar de nuevo por él recurre, como bien sabemos, a la indagación sobre  las condiciones de posibilidad en las que es posible que éste pueda mostrarse o manifestarse. La tarea de la filosofía post-metafísica, de aquella que ha renunciado a preguntarse por los entes (puesto que los fenómenos que se dejan ver a simple vista y cuya investigación parece dirigirnos a la esencia del Ser son meros fuegos fatuos) será desvelar, des-encubrir y anunciar la rampante llegada, al desnudo, de aquella esencia fugitiva y esquiva, la esencia del mismísimo Ser desde el que la Filosofía ha emprendido su largo camino, errabundo, a través de los siglos.
No cualquiera puede articular esta Pregunta (con “p” mayúscula), pues Ella responde a un lenguaje dado necesariamente a un ser-en-el-mundo (un dasein que no es el hombre común y corriente, sino un tipo bastante singular de Filósofo) a partir de un largo y tortuoso camino del que Ser y Tiempo es tan sólo un fragmento. Este lenguaje determina en tanto punto de partida definitivo la búsqueda del Ser, a la vez que se convierte nada más y nada menos que en su verdadero habitáculo. Lo siento, pero me parece escuchar en la invocación heideggeriana por el Ser una genuina invocación espiritista. 
Pues en primer lugar el Ser tiene que ser convocado, porque él solo no se presenta ante nuestra sensibilidad o intelecto, sino exclusivamente tras una elaboración (siniestra) del lenguaje y del pensamiento, que lo contactan cual “entidad/espíritu/fantasma” del más allá, recitando, esta vez, una fórmula interrogativa, enunciativa y nominal concienzudamente depurada por aquél que reúne ciertas condiciones (en el espiritismo un médium, para Heidegger un dasein).
La entidad fantasmática encuentra precisamente su límite en el alma descarnada, que se mantiene idéntica aún podrida la carne. El espíritu se manifiesta, posee a su médium como el Ser posee al dasein que nunca puede dar cuenta de él más que provocándolo. El Ser-Fantasma se mantiene a la espera, al acecho de un canal (invocación o pregunta) por el cuál alcanzar el mundo desencantado y frío. Ambos son remanentes, espectros, por qué no, que han cobrado una suerte de hábito obseso y repetitivo, autómata, de presentarse fugazmente en este mundo y abandonarlo antes de que podamos afirmar con certeza su existencia.
Para mí, este tipo de ente fantasmático convocado mediante sesiones esotéricas, no representa (nunca mejor dicho) al espectro del que este blog toma su nombre. Este espectro no es una entidad sustancial (como lo pudiese ser el alma, el cuerpo, o cualquier objeto material o abstracto). Carece de esencia separada del flujo del que es testigo. El espectro se produce tras el movimiento diferencial, como rastro de una velocidad o aceleración que instaura un sin-tiempo, dándose en el límite de lo continuo y lo no-continuo al que no le corresponde momento o corte alguno.
Nunca antes la borrosidad del pliegue real-virtual se vio tan claramente reflejada como en el espectro, que juguetea entre los límites de cada lado plegado. Tangible e intengible a la vez, concreto y abstracto, percibido e inteligible, dato frágil y especulación segura. Ella es la gama espectral, el halo que se opone al paso de la luz que determina por completo un borde.
El espectro se produce en la superficie, se deja ver, no oculta nada, es rastro pero no velo. Es un efecto de vibraciones, no pre-existe, es decir, no tiene una identidad fija que haya que penetrar. Remite a un quiebre, efectúa un corte y es reflejo a su vez de otro corte catastrófico del que él es el único fenómeno. No implica ni ser ni no-Ser, nace, desde siempre liberado de toda Representación. Y es precisamente por esto por lo que no puede igualársele al espíritu. El espectro es una zona límite, una línea de quiebre que deja pasar a lo aberrante que nos acecha con su vacuidad (negror) impenetrable.


Este espectro no tiene como referencia "un Ser"; es la filosofía poseída (por al sed de Ser) la que lo ha sometido -y continúa sometiéndolo- a la representación del fantasma.